He experimentado en carne propia eso de vender la piel del oso antes de salir a cazarlo. Me puse a la tarea de preparar un texto a cuenta del debate de los candidatos (los únicos candidatos que parece haber en este país) el fin de semana anterior al lunes de la cita a dos. Es decir, empecé a redactarlo cuando aún el debate no se había celebrado. Pero ya imaginaba de qué iría la cosa y no tuve reparos en anticiparme. Incluso tenía el título para el artículo, algo así como ¿por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo? La idea era ponerme a despotricar contra lo que barruntaba no sería un debate tal cual sino una entrevista a dos ante las cámaras de televisión y una audiencia descreída. Después de haber visto otros debates anteriores (que sí, los hubo, aunque hace tanto tiempo que a muchos se les haya olvidado), no esperaba nada nuevo de éste. Pero reconozco que aposté a ciegas y me salió mal la jugada. Si algo me sorprendió de lo que ocurrió el lunes 7 de noviembre fue que el espectáculo tuvo más de debate de lo que yo había aventurado. Y hasta ahí mis sorpresas. Por lo demás, nada nuevo bajo el sol. Rubalcaba se esforzó en defender lo que ya nadie con dos dedos de frente puede llegar a creerse; y un Rajoy gris y opaco se enrocó en su matraca particular a sabiendas de que lo ha estado aupando a la victoria sin necesidad de repeinarse el flequillo: la buena gestión de la economía para generar confianza y la creación de empleo. Lo que quiera que eso signifique no lo aclara este político anodino que en circunstancias normales jamás hubiera llegado a ser presidente del gobierno y cuyo único mérito es haber sabido mantenerse firme en su puesto a la espera de una ocasión provechosa, como la hiena que no le quita ojo al león para arrebatarle la caza al menor descuido.
Qué asco de campaña electoral, de verdad. Luego la estirpe política y la mediática se quejarán de que el personal aproveche el domingo de elecciones para irse con la familia de paseo al campo y olvide visitar la urna. Si es que se lo ponen a huevo. Para los medios de comunicación no locales sólo parece existir la alternativa bipartidista, Rubalcaba o Rajoy, PSOE o PP; las otras voces obtienen escasa cobertura. Y no me vale el argumento de la proporcionalidad. Si estamos en un estado de derecho e igualdad (¿estamos?) todos deberíamos tener las mismas oportunidades, pero no. Y total, para lo que unos y otros tienen que decir, bastaría con una campaña que dure una tarde entre semana. Nos tomamos unas cañas y a otra cosa, mi amor, que no está el panorama para más lindezas.
Por otro lado, en Canarias la campaña da grima. Y pena. La confrontación política entre todas las fuerzas en estas islas se limita a una única y crucial discusión: quién es más canario. O, como dijo José Manuel Soria, presidente del PP isleño, refiriéndose a Rajoy, quién es más canario que el gofio. Al menos Coalición Canaria sigue siendo la misma de siempre. Lo único que dice es que ellos son los más canarios del mundo mundial y que hace falta una voz con acento canario en el parlamento. Básicamente, lo mismo que vienen diciendo desde su fundación hace veinte años. ¿Proyecto poliqué? ¿Esoquésloqueé? Responden cuando alguien tiene la ingenuidad de preguntarles por su proyecto político para el archipiélago. Estoy incapacitado del todo para escucharlos, ya no me queda más vergüenza ajena.
Así está montado el escenario en el que danza con música ajena esta campaña electoral. Como soy de los raros, aún así quiero votar el 20-N. Y como soy de los más raros, me preocupo por meditar mi voto. Por eso daré mi apoyo a la alternativa que representa EQUO, que en Canarias se nos presenta junto a Sí Se Puede, una plataforma política que, nacida en Tenerife, en estos momentos trabaja para enraizar su proyecto político y extender sus propuestas de futuro al resto de las islas. Ese será el sentido de mi apuesta política porque lo del voto útil, si nunca me lo he creído del todo, en estas elecciones me parece un chiste de mal gusto. Al PP no voy a votar, por supuesto. Y a Izquierda Unida, ni de coña por dos razones: primero porque Izquierda Unida en Canarias está formada por una panda de impresentables, a los que no quisiera ver sentados en el congreso, dispuestos a tocar a las puertas del infierno, sea quien sea el diablo, para ganar protagonismo sin importarles una higa el proyecto político que haya que sacrificar; y en segundo lugar, porque si al PSOE hay que echarle en cara lo mal que lo han hecho en esta legislatura, a éstos de IU habrá que recordarles que lo de Extremadura no ha caído en el olvido tan pronto. A Coalición Canaria tampoco. Nunca lo he hecho, aún no me he vuelto loco y en algo valoro mi inteligencia.
Así que apoyaré a EQUO desde el convencimiento. Pudiera parecer que lo hago porque no me queda otra, como última alternativa, pero no es así. Desde sus comienzos me llamaron la atención las propuestas frescas, y maduras a un tiempo, que pregonan, y creo que satisfacen las aspiraciones de una buena parte de la ciudadanía que está harta de la aparentemente imparable deriva neoliberal que lleva este sistema político y económico que, queramos o no, se nos está imponiendo a golpe de recorte y mira tú qué derecho tan tonto, oye. Quiero creer que ha llegado el momento de las nuevas apuestas, de liarnos la manta a la cabeza y decir basta ya, desde la indignación, si lo prefieren. La voz de EQUO y sus mensajes se me hacen imprescindibles en los años que se avecinan. Si no, ¿qué nos queda? ¿Lo de siempre? ¿Los mismos partidos anquilosados en sus propias miserias? ¿Un cambio para no cambiar nada? Si sólo eso es lo que tenemos tras el 20-N, nos habremos hecho acreedores del gobierno y los políticos que nos merecemos. Por mí que no sea.