miércoles, 24 de octubre de 2012

«Yo confieso», de Jaume Cabré


Muchas veces me ha ocurrido que me tropiezo con un libro que me entretiene y hasta llega a emocionarme un poco. Sólo un poquito. Y eso está bien.  Otras muchas, el libro entretiene pero no emociona. Lo que también está bien, aunque no tanto. Menos veces ocurre que un libro me atrapa en su historia al mismo tiempo que me emociona hasta tal extremo que, al llegar al punto final y cerrarlo despacio, siento que al fin puedo volver a respirar con libertad. En estos casos, la historia sigue bullendo en mi cabeza, nadando en los sentimientos que me provocó y sus personajes pasan a formar parte de mi imaginario literario. Y eso está muy, pero que muy bien. A veces, el libro ni me entretiene ni me emociona, y acabo luchando con él por un prurito mal entendido de orgulloso lector, cuando lo que debería hacer es tirarlo indolente a la basura sin ningún tipo de miramientos. Con tu pan te lo comas, querido escritor de pacotilla. O escritora, que también se da el caso.
Pero pocas, muy pocas veces, ocurre que un libro me arrastra en su magia y su literatura llegándome directo al corazón y al cerebelo a un tiempo, pasando por el píloro. Y es más raro aún que eso me ocurra con un escritor del que no sabía ni que existía. Y entonces lo flipo. Son esos libros que me abordan en una librería y llaman mi atención sin una causa aparente. Me salen al encuentro como una piedra en el camino que me hace trastabillar.
Y eso me ha vuelto a suceder. Y no en una librería esta vez. Como cada mes, o cada dos meses (o cada tres, no lo sé; creo que soy el peor socio), hace unas semanas me detuve un rato a mirar la revista del Círculo de Lectores dispuesto a elegir algo al azar. No sé si fue la portada, en la que un niño se esfuerza de puntillas por coger un libro del anaquel de una enorme estantería repleta de libros (o quizás no lo coge, sino que intenta encajarlo). Tal vez fue el texto que en la revista acompañaba, a modo de sucinta reseña, la oferta del libro. Lo cierto es que no tenía ni idea de quién era Jaume Cabré y nunca había oído hablar de su novela «Yo confieso», pero hice el pedido.
Siete años tardó el escritor catalán en escribirla. Ahora sé que también ha escrito «Las voces de Pamano», «La sombra del eunuco» o «La telaraña», entre otras novelas. O los libros de narraciones «Viaje de invierno», «Bajo continuo», «Libro de preludios» y «Tocan a muerte». «La materia del espíritu» y «El sentido de la ficción» son dos ensayos del autor, que se ha aventurado también en el mundo del teatro con «Lluvia seca», y en el de la literatura infantil («El hombre de Sau», «El año del Alción» y «El extraño viaje que nadie se creyó»).
Todo un escritor del que lo desconocía todo y del que pronto espero comprar y leer más obras suyas. Porque después de «Yo confieso» es lo que me pide el cuerpo y el alma.
Y si de confesiones hablamos, confieso que cuando cerré el libro después de llegar a la última frase lo sostuve en mis manos, respiré hondo y me dije yo quiero hacer esto. Porque cuando acabé la lectura ya no estaba en ningún sitio. Y porque, como las estirpes condenadas a cien años de soledad, que no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra, este libro me llegó tan profundo y me tocó casi las mismas teclas emocionales que «Cien años de soledad», con el valor añadido de que García Márquez lo hizo cuando yo tenía dieciséis años, una edad en la que las emociones brotan con suma facilidad, y Jaume Cabré lo ha hecho a estas alturas, cuando las cicatrices y los callos de la vida me hacen ver (o no querer ver) las cosas desde otro lado. Por aquello de ir y volver, y volver a ir para volver a volver, ahora reconvertido. Por aquello de que no podemos usar dos veces el mismo móvil. O el mismo ipad.
En la novela, Jaume Cabré nos cuenta la historia de un violín con nombre propio, desde la semilla del árbol que dará la madera con la que se fabricará en el siglo XVIII, hasta su encierro en la caja fuerte de un despacho (que es también un protagonista más de la historia) por los crímenes que se cometieron en su nombre. Nos introduce en una reflexión acerca del mal que forma parte de los cimientos sobre los que se ha construido occidente y la actual Europa, desde la Inquisición hasta la solución final nazi. Reflexiona sobre filosofía y arte (¿El poder del arte reside en la obra, o bien en el efecto que produce en la persona?), sobre ambiciones, traiciones y crueldades.
Adrià Ardèvol, el protagonista, nace en una cenicienta Barcelona de la posguerra, y su niñez transcurre entre un padre que quiere hacer de él un lingüista y paleógrafo reputado y una madre que sueña con convertirlo en un virtuoso del violín. Entre uno y otra, Adrià crece y se desarrolla intelectualmente en una familia carente de besos y caricias para él, llega a dominar más de diez lenguas, entre vivas y muertas, y se convierte en un erudito, profesor universitario, pensador de fama internacional, coleccionista impulsivo como su padre, amigo de Bernat y poseedor de un violín muy particular.
Pero por encima de todo, Jaume Cabré nos cuenta la apasionada historia de amor que la realidad hurtó a Adrià Ardèvol y a Sara Voltes-Epstein, quienes, desde una recíproca e impuesta incapacidad de amar, no supieron o no pudieron vivir su profundo enamoramiento. «Yo confieso» es una impresionante carta de amor de casi ochocientas cincuenta páginas que Adrià escribe a Sara para no olvidar cuando ya sabe que sí olvidará.
Para construir este puzle de piezas históricas que van encajando a golpe de saltos de un siglo a otro, del XIV al XX, de la posguerra española a las dos guerras mundiales, de una época a otra, sin un orden aparente y sin previo aviso, Jaume Cabré utiliza a un narrador que pasa de la tercera persona a la primera en el mismo párrafo, en la misma frase, después de una coma; aprovechando un comentario, una palabra, un pensamiento, para volar a otro tiempo. Construye con su literatura un laberinto en el que por momentos sentimos que nos perdemos hasta que la salida se nos ofrece en el momento oportuno; nos presenta personajes que despiertan nuestra curiosidad y a los que llegamos a amar u odiar. Después de tanto vaivén, consciente de que se acaba el tiempo, el narrador acelera su narración en las últimas páginas hasta un final intemporal, como la muerte misma, que me dejó en el ánimo ese viejo regusto de joder, se acabó.
Ahora contemplo la foto de la cubierta del libro intentando recordar lo que sentía al verla cuando aún no lo había leído y descubro que no lo recuerdo. Porque ahora veo a Adrià encaramado, a su padre, a Sara, a su amigo Bernat, al violín... A Matthias Alpaerts y a su suegra tosiendo... A Lola Xica... A Laura... Al Obersturmbannfürher Rudof Höss y la madre que lo parió, a él y a todos los demás... Al sheriff Carson escupiendo tabaco en el suelo y a Águila Negra, el valeroso gran jefe arapaho. Jau. Y le pido a Sara que comprenda, por favor, trata de comprender. Aunque sé que ya no sirve de nada.
Qué gran novela. Una gran obra.
Volveremos a vernos pronto, don Jaume.

viernes, 5 de octubre de 2012

Gracias




  Los días de calor siguen agarrados a estas montañas y no parece que tengan intenciones de soltarse para dejar paso a los aires húmedos que se demoran en visitarnos desde el norte. Ignoro si a estas alturas ha caído agua en La Gomera ni si, en caso de que lo haya hecho, ha sido en forma de lluvia fina que empape el terreno para ayudar a extinguir definitivamente el incendio en la isla que, hasta hace pocos días, seguía vivo en el subsuelo en busca de raíces frescas a las que aferrarse para resucitar las llamas. Quizás haya caído algún chubasco más o menos fuerte en un terreno desvalido y sin vegetación que lo proteja allí donde el fuego acabó con todo. Porque es mucho el monte que se quedó sin nada. Porque son muchos los esqueletos renegridos que hoy se alzan en multitud de laderas y barrancos de La Gomera para dar fe del avance y la voracidad del fuego.
     No lo sé.
  Sí sé que hace una semana yo paseaba por La Gomera y saqué fotos como ésa de arriba. Sí sé que cada noche llegaba al apartamento con un tufillo a humo impregnando mi ropa a pesar de no haber estado cerca de ninguna hoguera. Porque el del humo es el olor que recibe al visitante en buena parte de la isla. Y no lo hay. No hay humo. Pero se huele.
  La Gomera es una isla pequeña. Pasear por ella en coche obliga a pasar una y otra vez por las mismas carreteras para llegar a los mismos cruces. A la derecha, Chipude o El Cercado. A la izquierda Vallehermoso o San Sebastián dependiendo de la dirección que se elija en el siguiente cruce. Por eso, cuando llevas apenas un par de días en ella, aprendes rápido que detrás de esa curva te espera un paisaje desolador que hace poco más de un mes era un fayal-brezal vivo y palpitante, que detrás de esa loma es mejor no volver a mirar, que al final de esta recta hay un equipo de trabajadores trajinando con una cuba de agua, así que cuidado, ve aflojando la marcha. Sí, ahí está la señal de aviso. Y el olor a humo.
  Porque siguen en el monte. Los trabajadores, digo. Los mismos que este verano han tenido que entregar sus horas de sueño y sus fuerzas al fuego en Tenerife, en La Palma o en La Gomera. Los mismos que han corrido por un terraplén arrastrando sólo con la fuerza de sus brazos cincuenta metros de manguera para recibir de cara a las llamas que se aproximan por aquel frente. Los mismos que, agotados, llegaban a casa después de un turno de doce horas para encontrarse con una llamada del compañero que les decía que se acaba de declarar otro conato. No jodas, ¿es que nos hemos vuelto locos o qué? Lo que oyes. ¿Hace falta que vaya? No, es en La Palma, pero la brigada dos ha cogido el helicóptero para reforzar los equipos locales allí y ahora necesitamos más gente aquí. Tardo media hora en llegar. Duerme, cariño, tengo que volver a salir.
  Independientemente de si ha llegado el momento o no de criticar si una u otra actuación del operativo antiincendios fue desafortunada y analizar todo lo que se ha hecho, sí creo llegada la hora de dar las gracias que esos trabajadores que no se rindieron cuando todo parecía salirse de madre se merecen. Por su voluntad de ponerle freno. Por su firme decisión. Por sus esfuerzos. Por esas horas de sueño perdidas y su compromiso con nuestros montes. Son esos trabajadores de a pie que no deciden dónde ni cuándo, pero que allí donde me manden sé que tengo que darlo todo, y si la cosa se pone peor, más. Son esos trabajadores que se la jugaron y, por esta vez, la cosa les salió bien. Porque a veces no sale así. Un agente medioambiental y un brigadista dieron mucho más este verano en Alicante. Porque a veces dan la vida.
  Son esos trabajadores que, enfundados en sus equipos de protección individual, soportando temperaturas muy altas (sé de lo que hablo porque hace años fui voluntario en varios incendios en Gran Canaria y Tenerife y he visto la verdadera cara del fuego y oído su voz) no dan un paso atrás hasta que les queda claro que es este pino o yo. Son esos trabajadores que tienen que meterse en un bosque que arde para hacer su trabajo. Y un bosque que arde da mucho miedo. Un bosque que arde no habla, deja de latir y su silencio es sobrecogedor. Un bosque que arde aguarda su llegada porque sabe que va a llegar. Y parece encogerse sobre sí mismo como queriendo minimizar un golpe devastador que lo puede derribar más rápido y certero que un hachazo. Y lo primero que llega es su voz. Y los pelos se te ponen de punta. Nunca en mi vida he oído nada semejante al bramido del fuego que se acerca avanzando veloz sobre las copas de los pinos. Tengo ese rugido clavado en mi memoria desde aquella vez que estuve en un incendio en Tenerife. Y esa voz que nunca olvidaré lo llena todo.
  Y, de repente, el fuego. Una pared fuego como nunca he vuelto a ver, que se alza por encima de los pinos más altos y te mira a la cara con ganas de más madera.
  Y los trabajadores saben que lo que se les echa encima es la hostia. Que lo que tienen delante no lo van a matar con un chorrito de agua, por muy potente que el chorrito sea. Pero hay que pararlo. Y luchan. Porque hay que pararlo. Si este lado de la montaña no, porque ya no tiene remedio, se apostan en el otro lado apretando los dientes y clavando los talones en la tierra. Por aquí no. Por aquí no vas a pasar. Si hay que estar otro día más, se está. Y van unos cuantos. La familia espera en casa pegada a la tele, colgada de las noticias. Abrimos este bloque de noticias con el incendio de La Gomera, que avanza sin control cuando han transcurrido cinco días desde que se inició el fuego. Las autoridades no se atreven a aventurar un pronóstico sobre cuándo podría ser controlado, mientras los efectivos [porque para los medios, estos trabajadores son “efectivos”] terrestres y aéreos luchan con todos los medios de los que disponen. Hidroaviones, pocos. Es que no los tenemos en Canarias. Mami, ¿ahí es donde está papá?

  Cuando todo haya acabado, las autoridades se felicitarán y ellos volverán a casa y seguirán con sus turnos y labores cotidianas. Con sus cabreos y sus risas. Cada día un madrugón para subir al monte. Como cualquier otro trabajador que ficha la entrada en su puesto.
  Al menos esta vez, que se lleven mis gracias.
  Gracias.
  En La Gomera se acabó o se acabará el fuego. Pero el trabajo que queda en la isla es ingente. Se dejarán las mangueras a un lado para coger motosierras y martillos, sachos y guatacas. Aijó, aijó, al bosque a trabajar.
  Gracias.
  La Gomera está malherida, sí. Pero no muerta. Y tiene las enormes ganas de vivir que se ven en estas otras imágenes, también de la semana pasada.
  Cuando el fuego vuelva, ellos también.
  Gracias.





sábado, 25 de agosto de 2012

La visión



     Cuando comprendió que no llegaría a ver el final del túnel, el futuro se presentó ante él a la luz de una antorcha.

sábado, 18 de agosto de 2012

El fuego de la ira alimentado con pinocha


     Circula por ahí esta fotografía de Javier González Ortiz, consejero de Economía, Hacienda y Seguridad del gobierno de Canarias, en la que se le atribuyen unas declaraciones en el sentido de que la pinocha no condiciona la propagación del fuego en nuestros montes. No sé si este consejero hizo esas declaraciones o no. Por más que he buscado en internet una fuente que me las confirme no la he encontrado, así que las pongo en cuarentena, no sea que al final sean un bulo. Pero si de pinocha e incendios forestales hablamos, no estaría de más recordar las declaraciones de algunos vecinos de Vilaflor y Guía de Isora cuando estaba vivo el incendio en Tenerife hace pocas semanas. En un artículo del diario La Provincia, titulado precisamente La mecha de la pinocha, un vecino que se resistió a ser desalojado de su casa y permaneció por la noche en ella, cuando debió haberse ido, contaba que vio cómo la pinocha empezaba a arder y le daba alas al incendio. En ese mismo artículo, los vecinos, unánimemente, mostraron su desacuerdo con que las administraciones públicas prohíban y pongan obstáculos a la recogida por parte de la población de algunos recursos forestales (piñas, ramas, pinocha...), y expresaban su malestar por la dejadez de esas mismas administraciones a la hora de limpiar los montes para prevenir incendios.
     Que los montes no están limpios lo puede comprobar cualquiera si se da un paseo por Canarias. Quien hoy suba a Las Cañadas, en la isla de Tenerife, comprobará que durante todo el camino la carretera está invadida por montones y montones de pinocha. Si así está la carretera, cómo estará el suelo del pinar. Basta con que algún descerebrado arroje un cigarro encendido por la ventanilla del coche para que nos caiga encima un nuevo incendio en el monte de La Esperanza. Lagarto lagarto. En el artículo de La Provincia un vecino lo dijo de forma muy gráfica: Hay zonas en las que, si se tirara una colilla, arderían en cinco segundos. Y no hay que ser una gran lumbrera para reconocerle la razón a ese vecino. Todos los que vivimos en estas islas conocemos la pinocha. De niños hemos jugamos con ella los domingos de campo. Y si una cosa aprendimos desde muy temprano es que con la pinocha se pueden hacer muchas cosas, pero nunca nunca nunca acercarle un mechero o una colilla encendida. Es paja seca. Es combustible. Si un fuego, por pequeño que sea, se acerca a ella, su voracidad crece de forma exponencial. Un buen montón de pinocha arde que te cagas. Así que si el señor consejero dijo eso de verdad habrá que exigirle responsabilidades por ello. Por mentir o por no tener ni puta idea de lo que habla. Pero lo que sí que tendría que tener este consejero es la valentía suficiente para salir a la palestra a enmendarle la plana a su flamante presidente, o bien el presidente desautorizar a su consejero. Paulino Rivero se dedica estos días a levantar columnas de humo para despistar la atención de las causas de los incendios, de su mala gestión, de la falta de medios y de los recortes presupuestarios en las cuadrillas de montes y su limpieza. Acusa el presi al estado de no conceder a Canarias más hidroaviones antiincendios. Pero es que hace sólo un par de días, el catorce de agosto, Javier González Ortiz manifestó que Canarias cuenta con medios más que suficientes y que no se dispone de hidroaviones porque los técnicos aseguran que los helicópteros son más eficaces. ¿En qué quedamos, señores Rivero y González Ortiz? ¿Hacen falta o no hacen falta hidroaviones en Canarias?
     Y así nos va a los canarios. Con un gobierno que hoy dice blanco y mañana negro. Con un gobierno que no atiende a sus obligaciones para una gestión y un cuidado racional de los montes. Con un gobierno que no tiene ni idea de hacia dónde va y se limita a esperar a que los acontecimientos lo atropellen sin ser consciente, o sin querer serlo, que es peor, de que estos incendios le dan una patada al gobierno en el culo del medio ambiente canario y de una ciudadanía desolada que sólo entiende una cosa: nuestros montes se queman este año y lo único bueno que nos queda es que habrá menos árboles que puedan arder el año que viene.
     Mientras escribo esto, La Gomera sigue ardiendo. Ha habido grandes incendios en esta isla. En la memoria de todos está aquel del año 1984 que se llevó por delante la vida de veinte personas, lo que lo convierte en el más dramático de cuantos ha habido en Canarias. Pero en superficie abrasada, en hectáreas carbonizadas, este que padecemos estos días es el mayor de todos en La Gomera. Las imágenes que nos llegan son dantescas. Y Paulino Rivero discute con Arias Cañete, ministro de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente del gobierno de España, sobre hidroaviones. Como si él, en calidad de presidente del gobierno canario, no tuviera responsabilidad ninguna más allá del despeje de balones. En este impactante vídeo de Antena3 pueden verse los efectos devastadores del fuego en La Gomera. Me he quedado sin palabras al verlo, pero no sin pensamientos. Pensé en Paulino Rivero, en Javier González Ortiz...
     Y en quienes han estado durante catorce días metidos entre el fuego dejándose la piel para apagarlo. Cuando este desastre pase, mi siguiente artículo en el blog estará dedicado a ellos. Entonces no hablaré del gobierno de Canarias y sus nefastas políticas medioambientales, ni del gobierno de España y sus indolentes ajustes presupuestarios y políticas neoliberales. Les dedicaré el silencio con todo mi desprecio hacia ellos. Mi siguiente artículo estará dedicado a todas esas personas que, ante una situación como esta, se arremangan y olvidan las humillaciones y agresiones que vienen sufriendo para dejarse las fuerzas en un único fin: apagar esto, apagarlo cuanto antes.
     La gran mayoría de ellos son empleados públicos.

martes, 14 de agosto de 2012

Por fin, un político ladrón




     Dice el conocido dicho que cuando uno señala a la Luna, el tonto mira al dedo. Siempre que alguien se esfuerza en poner ejemplos para exponer un argumento o plantear una denuncia aparece, invariablemente, quien se queda en ellos para retorcer el debate y hacer como que el viento sopla a su favor. Aunque sea un huracán y le pille de cara metiéndole cisquitos en los ojos. Es cuestión de inteligencia, que no hay por qué presuponerla en todo responsable político hijo de vecino.
     Es un ladrón. Eso tiene un nombre, y es robar. Que caiga sobre él todo el peso de la ley. El debate abierto a raíz de la acción llevada a cabo por el diputado andaluz y alcalde de Marinaleda, de Izquierda Unida, y el Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT) sigue acalorado varios días después del asalto a dos supermercados. Juan Manuel Sánchez Gordillo (el diputado alcalde) y militantes del SAT se llevaron por el morro, bajo la luz de los flashes de los medios de comunicación, varios carros de alimentos no perecederos para cargarlos en sus vehículos y repartirlos después entre los más necesitados. Entre los pobres. Al más puro estilo robinjudiano. Robar a los ricos para repartir entre los pobres. Moderno salteador de caminos que no tiene un bosque de Sherwood en el que esconderse, aunque sí una encina bajo la que cobijarse. Y ahora que apechuguen los ladrones (o hurtadores, que habrá que ver si fue robo o hurto, galgo o podenco) con las consecuencias. ¡Que viva Gordillo, valedor de los sin nada! ¡Que le cooorten la cabeza!
     Desde entonces, digo, el debate está que no para. La primera gran discusión discurrió sobre si lo que hicieron estos activistas con Gordillo a la cabeza fue o no un robo. O sea, qué bonito ese dedo con el que señalas. Y qué lindo tu anillo, oyes. Y una vez aclarado este punto (robo fue), estos días estamos en las peticiones a la justicia para que se apresure a encerrar a los malandrines en lo más profundo del calabozo de la torre. Carlos Floriano, reluciente y sonriente vicesecretario de organización y electoral del Partido Popular, no duda en afirmar que Gordillo está haciendo un flaco favor a las familias y a la solidaridad. Ojo, y a la solidaridad. Tiene guasa, la cosa. Y pide que se le aplique la ley al igual que a todos los que agredieron a los trabajadores del supermercado o participaron en el robo con el mismo rigor que se aplicaría a cualquier ciudadano, pues el cumplimiento de la ley es exigible a todo el mundo en un estado de derecho.
     Y una magdalena.
     País de tontos, por Dios. Que haya que pedirlo, coño, clama al cielo. Sigamos la dirección que señala el dedo de Gordillo y sus camaradas. A ver si somos capaces de ver qué nos quisieron decir con su acción. Salgamos a la calle cuando cae la noche en las grandes ciudades españolas y tomemos conciencia de la enorme cantidad de personas que se ven abocadas a rebuscar en las basuras algo para comer. Que está pasando. Que sí, joder, que está pasando. Todos los días. Los comedores sociales no dan abasto con la gente que hace cola a la hora de la cena. Cáritas está desbordada y los datos que aporta en sus informes sobre la pobreza en España son devastadores, mientras los servicios sociales de las administraciones públicas reciben cada vez menos financiación para sus programas de ayuda y reinserción social por mor de los ajustes presupuestarios y la lucha contra el déficit generado, entre otras causas, por la billetada pública que se ha llevado de rositas y por la jeta la banca.
     La distancia entre ricos y pobres, desde el año 2008 se ha disparado en este país. Las desigualdades sociales se agudizan. Las grandes corporaciones de especulación financiera vieron la oportunidad de provocar una crisis económica en la que pescar a río revuelto y vaya si están pescando mientras les importa una higa el rastro de miseria que van dejando atrás. Casi seis millones de parados en este país. Más de 1.700.000 familias que no tienen ningún tipo de ingresos. A una media de tres personas por familia, sólo tres, pongamos, nos arroja un resultado de 5.100.000 personas que sobreviven no se sabe con qué. Con esas ocultas y soterradas redes de solidaridad familiar y social que se activan en situaciones como las actuales. Y rebuscando en los contenedores de basura que se empiezan a sellar con candados para que la gente no acceda a alimentos en mal estado, nos dicen.
     Esa insoportable injusticia social, a la que nos han arrastrado las políticas neoliberales que gobiernos como el de Mariano Rajoy y su Partido Popular en España se empeñan en sostener, es la Luna que los militantes del SAT nos señalaron con su dedo cuando entraron en los supermercados andaluces y cargaron hasta arriba los carros de comida que sacaron por la puerta sin pasar por caja. Don Carlos Floriano, puede usted desgañitarse pidiendo la aplicación de la ley a los autores de la denuncia social, y hasta puede que no le falte razón. Ya me gustaría verlo igual de vehemente a la hora de arremeter contra las tramas de corrupción y latrocinio de sus compañeros de partido que han metido la mano en la caja pública hasta el sobaco. Porque el cumplimiento de la ley es exigible a todo el mundo en un estado de derecho (permítame que utilice sus mismas palabras). Pero, por encima de cualquier otra consideración, sea usted capaz, seamos todos capaces, de ver la gravísima realidad social que Juan Manuel Sánchez Gordillo y sus compañeros del SAT denunciaron con su iniciativa. ¿Que fue un robo? ¿Y qué, joder? Pues robo entonces. Por fin, un político ladrón.