domingo, 23 de enero de 2011

Y si la muerte



   ¿Y si a la muerte le diera por vivir la vida? 
   ¿Y si sintiera envidia de los seres vivos?
   ¿Y si quisiera experimentar la sensación de estar viva?
   ¿Y si estuviera ya harta de su inmortalidad?
   ¿Qué haría entonces para satisfacer su necesidad de vida?
   ¿Y si la muerte se enamora de la vida?
   ¿Y si llegara a odiar la muerte?
   ¿Y si se arrepintiera?
   ¿Y si quisiera nacer? ¿A quién escogería como progenitores?
   ¿Y si quisiera morir? ¿A quién le pediría la extremaunción?
   ¿Y si pudiera vivir? ¿Qué vida elegiría?
   ¿Y si quisiera amar? ¿A quién amaría?
   Ahora que lo pienso, ¿quién dice que la muerte no ama?
   ¿Y si la muerte se cansara de tanto ir más allá? ¿Y si quisiera ir más acá?
   José Saramago nos dejó una fábula en la que la muerte se declara en huelga como una forma de castigar a las personas. Pero, ¿y si quisiera dar una paso más, rizar el rizo? ¿Y si quisiera dejar de ser quien es para convertirse en un simple ser vivo? Nacer, vivir. Morir, sin tal vez.
   Que dé un paso al frente quien esté dispuesto a sustituirla, a ocupar su lugar.

La almohada

   Cuando mi padre llega a casa ya no me gusta seguir jugando. Tengo que dejar lo que estoy haciendo y darle un beso. Mamá siempre me pide que haga todo lo que él dice, pero da igual. Él siempre se enfada. No importa que le haga caso o no. Grita fuerte, da puñetazos en los muebles y rompe las cosas. Sobre todo cuando huele como las heridas después de curarlas.
 
   Anoche no. Anoche, cenamos los tres en la cocina y luego me fui a la cama. Papá y mamá se quedaron viendo la tele en el salón. Me quedé dormido enseguida porque por la tarde había estado jugando detrás de casa con Raúl y Andrea y estaba muy cansado.

   Sí, son mis amigos.
 
   No. No sé a qué hora.
 
   Un ruido de cristales que se rompían. Después, los gritos de papá.
 
   Sí. Muchas.
 
   A veces me tapo la cabeza con la almohada y me vuelvo a quedar dormido. Entonces es como si no hubiese pasado nada y por la mañana él ya se ha ido.
 
   Agua.
 
   Gracias. ¿Dónde está mamá?
 
   Quiero ir con mamá.
 
   Papá gritaba mucho. Había muchos cristales rotos y mamá lloraba.
 
   Salí de la cama despacio, para que no se dieran cuenta. Eran gritos muy fuertes y no podía quedarme dormido otra vez.
 
   No. No sé qué gritaba. Era muy alto. ¿Dónde está mamá?
 
   Sí. Cuando iba a entrar en la cocina. Había muchos cristales en el suelo y me corté. Pero no me dí cuenta hasta después.
 
   No. Él ya no gritaba.
 
   Mamá lloraba. Estaba sentada en el suelo, en el rincón. Tenía un cuchillo todo de sangre en las manos. Papá estaba tumbado boca abajo con toda la sangre alrededor. ¿Dónde está mamá?
 
   Quiero ir con mamá.

viernes, 14 de enero de 2011

Juan Antonio Olivieri, valiente

   El de la foto es Juan Antonio Olivieri, un valiente donde los haya. Un apasionado de la naturaleza y los retos que ésta nos plantea. Un tío al que me gustaría tener delante para estrechar su mano. Alguien a quien admirar sin tapujos. Montañero y alpinista, tiene experiencia en subir ochomiles.
   El año pasado, Oli, como es conocido, se planteó un reto de los que quitan el hipo: atravesar Siberia en bicicleta completamente solo. La cosa no resultaría tan espectacular (hacer eso sólo es cuestión de tener buenas piernas, capacidad de resistencia y tiempo para echarle a la distancia, seis mil kilómetros) si no fuera porque decidió hacerlo en invierno. De diciembre de 2010 a marzo de 2011. Y para ello se preparó a conciencia.
   En invierno.
   En Siberia.
   En bicicleta.
   En solitario.
   En invierno.
   Ayer por la noche escuché en la radio una entrevista (no recuerdo si en la SER o en Radio Nacional) en la que Oli explicaba las razones por las cuales renunció a la aventura a poco de empezar.
   Tenía que avanzar dándole a los pedales, cargando con treinta kilos de material, cubriendo etapas de un núcleo urbano a otro, soportando temperaturas que soy incapaz de imaginar. Con sorna, comentó en la entrevista que en la ciudad de donde partió, a nivel del mar, hacía una temperatura agradable de entre 16 y 18 grados bajo cero (por cierto, y si se me permite el paréntesis, ahora entre la turba del periodismo hablado se está poniendo de moda llamar a estos grados “negativos”, cuando toda la vida han sido “bajo cero”; un día tengo que pararme a escribir sobre esas patadas a la lengua). En fin, sigamos por donde iba. Temperaturas agradables de entre 16 y 18 grados bajo cero. Un poco más adelante, cien kilómetros tierra adentro, la cosa se ponía ya en los 50 grados bajo cero. Y un poco más allá, entre 50 y 60 grados bajo cero.
   Sesenta grados bajo cero.
   En bicicleta.
   Claro que la cosa no iba mal (¿no iba mal?) cuando lo que tenía delante era un destino en el que le esperaba un camastro en un albergue, bajo techo, algo de calefacción y una sopa de sobre caliente al final del día. Pero fue más allá y en un momento dado miró hacia delante y se enfrentó al hecho real, cierto y tangible de que debía atravesar una tundra de quinientos kilómetros sin ningún lugar en el que pasar la noche a cubierto, con un frío de cojones (recordemos, sesenta grados bajo cero). Le esperaban dos meses solo (¡dos meses!), en esas condiciones, armando y desarmando el vivac de supervivencia un día sí y otro también, y dándole a los pedales mientras esos sesenta grados bajo cero se le clavaban en la cara y en el cuerpo acuchillándole los huesos hasta el tuétano. Y dijo que no. Se bajó de la bici, clavó la mirada en la distancia, la bajó luego hasta su corazón y supo que no.
   Si sigo, no llego, imagino que pensó. 
   Con la valentía de los hombres (o mujeres) hechos del mismo acero que forjó su voluntad, se reconoció humano y limitado, fue consciente de sus fuerzas (que son inmensas) y dio la vuelta para volver por donde había venido.
   Creo sinceramente que hace falta un valor extraordinario para tomar la decisión de aceptar ese reto. Pero muchísimo más valor creo que hay que tener para decirse a uno mismo ¿dónde te has metido, animal? Esto te supera. Y, sin tener que sentir el menor sentimiento de fracaso, porque ni yo ni la inmensa mayoría de los mortales seríamos capaces siquiera de planteárnoslo, hizo acopio de un valor inimaginable para salvar la vida desde la certidumbre de sus propios límites. Otros inconscientes puede que hubieran ido más allá. Pero de inconscientes los cementerios están llenos.
   Oli, desde aquí quiero expresarte toda mi admiración y respeto. ¡Chapó!
   Un abrazo, campeón.

Espérame, bobita

   La alcancé con esfuerzo, cuando el chófer estaba a punto de cerrar las puertas. Con un gracias, pagué y busqué el asiento que me reservabas junto a ti la primera vez. Sé que los demás ocupantes me dirigen miradas furtivas con disimulo. Déjalos que se pregunten qué hago con esto en las manos. Me divierte imaginar lo que piensan.
   Aquella primera vez nada me importaba más que sostener en mis ojos ávidos tu mirada inquieta, incapaz de refrenar el torrente de historias y confidencias que se me amontonaban en las ganas recién nacidas de hablarte, de mirarte. De tocarte. Me pavoneaba ante ti satisfecho de que rieras mis ocurrencias y respondieras con gestos graves a mis confesiones mientras, a nuestro alrededor, la gente se levantaba y se sentaba. Subía, tocaba el timbre, se bajaba. Desde la Cruz de Piedra hasta la trasera del cabildo. Primero un barrio y luego otro, al ritmo que marcaba el tráfico en la autopista. Una veces ágil como nuestra vida, otras espeso y desesperante como nuestros miedos. Y fueron tantos. ¿Recuerdas cómo vivimos la llegada de Julia? Nos aterraba tocar su cabecita frágil, y tú te enfadabas cuando yo bromeaba a la hora de los primeros baños simulando que se me escurría entre los dedos. Bobita.
   Más tarde era yo el que pasaba horas en el sillón esperando su llegada, y tú te burlabas de mis temores y me decías vente a la cama ya, bobito. Sí, es cierto, tardé en darme cuenta de que ya no era aquella niña vulnerable que nos necesitaba las veinticuatro horas del día. Pero no sé de qué te ríes. ¿Ya no recuerdas el día que nos presentó a Roberto? Se supone que debía ser yo el que desconfiara de aquel desconocido que entraba en nuestra casa de la mano de Julia. Pero, madre mía, qué mal lo pasaste. Y luego no había quien te aguantara con tu querido Roberto por aquí, Roberto por allá. Él encantado, claro. Sólo yo advertía, desde mi complicidad, las miradas furibundas que te lanzaba Julia.
   Mira esa chica que se baja en Las Chumberas, me recuerda un poco a ella en la época de la universidad, con aquellos libracos bajo el brazo que no había quien los entendiera. Que si teoría de la construcción, que si resistencia de materiales. Horas y horas de estudio y angustia para terminar pasándose media vida en el gabinete disfrutando de sus proyectos. Entonces fue cuando redescubrimos el placer de tener nuestra vida para nosotros. Cierto que, día sí y día no, Julia y Roberto nos dejaban al niño por unas horas. Pero recuperamos nuestro espacio después de tanto tiempo. Un espacio que llenamos con nuestra vida juntos, con nuestra intimidad, en el que yo disfrutaba de ti, feliz, contento y pleno por tenerte a mi lado, agarrándome cada día al privilegio de poder decirte te quiero con sólo un gesto.
   Ya estamos llegando. ¿Recuerdas cuando éste era el recinto ferial antes de que construyeran el nuevo? ¿Y te acuerdas de cuando, hace ya unos años, Natalia te pidió que atendieras unas tardes su puesto en aquella feria de artesanía? Te pusiste nerviosa como una niña chica porque no te veías capaz de atender las consultas de los visitantes y me hiciste acompañarte aquellas horas, sentado detrás del mostrador, siendo testigo de cómo te movías con soltura entre las piezas y desplegabas toda tu capacidad de encantar al visitante para conseguir que hasta el simple curioso sintiera la necesidad de comprar.
   Espera que toco el timbre, es la próxima parada. Si es que consigo levantarme y mantener el equilibrio entre tanta gente, y con esto en las manos. Ah, muchas gracias, caballero. Estas piernas mías ya no son las de antes. Más bien, ya no somos los de antes, ¿verdad? Tu enfermedad nos lo dejó bien claro. Estas últimas semanas en el hospital han sido agotadoras. Bueno, aquí me bajo.
   Ya llego. No te pongas así. Esta primera visita tenía que hacerla solo. Tranquila, Julia vendrá en un rato a buscarme. Tenía que enfrentarme por mí mismo a ver tu nombre grabado en esta piedra fría y decirme que tú no estás aquí, que sigues estando conmigo, que nunca me dejarás como yo nunca dejaré de tenerte dentro. Son tus preferidas, rosas amarillas. Aquí te las dejo.
   Espérame, bobita. No tardaré.